VI FIESTA DEL PERDON Y LA RECONCILIACIÓN. En nombre de Cristo les suplicamos: ¡reconcíliense con Dios! (2ª Co 5, 20b)

 

La experiencia nos enseña que el amor humano de la pareja se ve afectado por múltiples ofensas como las infidelidades, el maltrato y agresividad en los hechos o las palabras, las adicciones, la indiferencia, las discusiones por los distintos puntos de vista, la rutina, las susceptibilidades, etc. Todo esto hiere el bien común de la alianza conyugal y el derecho a vivir en paz en la familia. En el caso de la pareja/familia es evidente que las ofensas que hieren más hondamente son las que afectan las relaciones interpersonales y crean un ambiente de desconfianza mutua y resentimientos.

En esta VI Fiesta del Perdón y la Reconciliación partimos de un gran convencimiento personal: si algo importante debemos aportar los cristianos a este mundo roto y dividido, violento, injusto y con frecuencia cruel, sobre todo con los más débiles, es precisamente la reconciliación, el perdón, la paz. Estas son expresiones frecuentes, que indican actitudes y acontecimientos positivos y gratificantes que todos esperamos a nivel familiar, social, nacional e internacional.

Tratar del perdón y la reconciliación s referirse a una hermosa tarea, cargada de responsabilidad y deseos de bien y de paz, con los que siempre nos encontramos en deuda. Si miramos nuestra historia personal y familiar existen muchas situaciones personales de perdón dado o de perdón recibido. Bien lo afirma el Papa Francisco:

La historia de una familia está surcada por crisis de todo tipo, que también son parte de su dramática belleza. Hay que ayudar a descubrir que una crisis superada no lleva a una relación con menor intensidad sino a mejorar, asentar y madurar el vino de la unión. No se convive para ser cada vez menos felices, sino para aprender a ser felices de un modo nuevo, a partir de las posibilidades que abre una nueva etapa. Cada crisis implica un aprendizaje que permite incrementar la intensidad de la vida compartida, o al menos encontrar un nuevo sentido a la experiencia matrimonial. (n.232).

VI FIESTA  DEL PERDON Y LA RECONCILIACIÓN.  En nombre de Cristo les suplicamos: ¡reconcíliense con Dios! (2ª Co 5, 20b)

La experiencia nos enseña que el amor humano de la pareja se ve afectado por múltiples ofensas como las infidelidades, el maltrato y agresividad en los hechos o las palabras, las adicciones, la indiferencia, las discusiones por los distintos puntos de vista, la rutina, las susceptibilidades, etc. Todo esto hiere el bien común de la alianza conyugal y el derecho a vivir en paz en la familia. En el caso de la pareja/familia es evidente que las ofensas que hieren más hondamente son las que afectan las relaciones interpersonales y crean un ambiente de desconfianza mutua y resentimientos.

En esta VI Fiesta del Perdón y la Reconciliación partimos de un gran convencimiento personal: si algo importante debemos aportar los cristianos a este mundo roto y dividido, violento, injusto y con frecuencia cruel, sobre todo con los más débiles, es precisamente la reconciliación, el perdón, la paz. Estas son expresiones frecuentes, que indican actitudes y acontecimientos positivos y gratificantes que todos esperamos a nivel familiar, social, nacional e internacional.

Tratar del perdón y la reconciliación s referirse a una hermosa tarea, cargada de responsabilidad y deseos de bien y de paz, con los que siempre nos encontramos en deuda. Si miramos nuestra historia personal y familiar existen muchas situaciones personales de perdón dado o de perdón recibido. Bien lo afirma el Papa Francisco:

La historia de una familia está surcada por crisis de todo tipo, que también son parte de su dramática belleza. Hay que ayudar a descubrir que una crisis superada no lleva a una relación con menor intensidad sino a mejorar, asentar y madurar el vino de la unión. No se convive para ser cada vez menos felices, sino para aprender a ser felices de un modo nuevo, a partir de las posibilidades que abre una nueva etapa. Cada crisis implica un aprendizaje que permite incrementar la intensidad de la vida compartida, o al menos encontrar un nuevo sentido a la experiencia matrimonial. (n.232).

Cuál es la reacción inmediata frente a las crisis es ponerse a la defensiva, o usar el recurso de negar los problemas, esconderlos, relativizar su importancia o apostar sólo al paso del tiempo. Pero eso retarda las soluciones y lleva a consumir mucha energía en un ocultamiento inútil que complica más las cosas. La realidad es que los vínculos se van deteriorando y se entra en un aislamiento que daña la intimidad y confianza de la pareja y la familia porque lo que más se perjudica es la comunicación por no asumir la crisis. El Papa Francisco señala gráficamente la degradación de la relación de pareja:

De ese modo, poco a poco, alguien que era «la persona que amo» pasa a ser «quien me acompaña siempre en la vida», luego sólo «el padre o la madre de mis hijos», y, al final, «un extraño». (n.233).

Qué triste esta realidad de parejas que se juraron amor eterno se conviertan en extraños. Señala el Papa Francisco que en “estos momentos es necesario crear espacios para comunicarse de corazón a corazón. Es todo un arte que se aprende en tiempos de calma, para ponerlo en práctica en los tiempos duros.” (n.234).

Muchas personas heridas en su niñez o juventud pueden convertir sus heridas en pulmones, porque no se han sentido “amados incondicionalmente”, y eso lastima su capacidad de confiar y de entregarse. Cada día descubro que lo que más lo ayuda a uno en la vida es la sana relacionalidad familiar y comunitaria. Lo expresa con realismo el Papa Francisco: “Una relación mal vivida con los propios padres y hermanos, que nunca ha sido sanada, reaparece y daña la vida conyugal. Entonces hay que hacer un proceso de liberación que jamás se enfrentó”. (n.240). Miremos el camino del perdón y reconciliación que señala el propio Papa Francisco a las parejas y familias antes de tomar decisiones apresuradas:

Cuando la relación entre los cónyuges no funciona bien, antes de tomar decisiones importantes conviene asegurarse de que cada uno haya hecho ese camino de curación de la propia historia. Eso exige reconocer la necesidad de sanar, pedir con insistencia la gracia de perdonar y de perdonarse, aceptar ayuda, buscar motivaciones positivas y volver a intentarlo una y otra vez. Cada uno tiene que ser muy sincero consigo mismo para reconocer que su modo de vivir el amor tiene estas inmadureces. Por más que parezca evidente que toda la culpa es del otro, nunca es posible superar una crisis esperando que sólo cambie el otro. También hay que preguntarse por las cosas que uno mismo podría madurar o sanar para favorecer la superación del conflicto. (n. 240).

Por eso uno de los más bellos ministerios que se ha encomendado a la Pastoral Familiar, a los presbíteros y agentes de pastoral y a todos los cristianos es precisamente la reconciliación. En cada confesión sacramental, en cada ceremonia de sanación interior y reconciliación, en los acompañamientos a parejas en dificultades en la “Casa Alegría”, la “Casa de la escucha” de la Comunidad Matrimonial Alegría, resuena la palabra de San Pablo:

Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nuestros labios la palabra de la reconciliación. Somos, pues, embajadores, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo les suplicamos: ¡reconcíliense con Dios! (2ª Co 5,19-20).

Para nosotros el único camino real de reconciliación es Cristo, porque en Él ya se ha realizado, por su muerte y por su cruz, de modo único e irrepetible, la reconciliación a la que aspiramos. No puede haber reconciliación con uno mismo, con la pareja y la familia, sin reconciliación con Dios. El Papa Francisco hace esta constatación:

Algunas familias sucumben cuando los cónyuges se culpan mutuamente, pero «la experiencia muestra que, con una ayuda adecuada y con la acción de reconciliación de la gracia, un gran porcentaje de crisis matrimoniales se superan de manera satisfactoria. Saber perdonar y sentirse perdonados es una experiencia fundamental en la vida familiar». «El difícil arte de la reconciliación, que requiere del sostén de la gracia, necesita la generosa colaboración de familiares y amigos, y a veces incluso de ayuda externa y profesional». (n. 236).

Bienvenidos a esta fiesta queridas parejas y familias.

Los recuerdo a todos en mi oración y los confío a los Corazones amantes de Jesús y de María.

Fraternalmente,

P. Raúl Téllez V. CJM

Director Pastoral Familiar Minuto de Dios
rtellezv@hotmail.com