Cristo Vive Aleluya

 

Cristo Vive Aleluya.

Para aprovechar este bellísimo Tiempo Pascual, recibimos con alegría la última Exhortación apostólica postsinodal CHRISTUS VIVIT del Santo Padre Francisco a los jóvenes y a todo el Pueblo de Dios, firmada el pasado 25 de marzo del presente año, fiesta de la Encarnación del Señor, en Loreto (Italia) junto al Santuario de la Santa Casa.  (El subrayado es personal).

En el documento eclesial hay expresiones que nos ayudan a comprender este tiempo pascual:

“VIVE CRISTO, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces, las primeras palabras que quiero dirigir a cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡Él vive y te quiere vivo!”. (n.1).

Este grito nos llena de mucha esperanza.  No podemos resignarnos ante el mal o los fracasos:

“Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar. Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza”. (n.2)

El Papa escribe a todos los jóvenes cristianos con cariño esta Exhortación apostólica, es decir, una carta que recuerda algunas convicciones de nuestra fe y que al mismo tiempo alienta a crecer en la santidad y en el compromiso con la propia vocación. (Cfr. n.3).

Más adelante el Papa Francisco nos recuerda cuál es el estilo de vida propio de nuestra nueva condición de resucitados:

“Jesús, el eternamente joven, quiere regalarnos un corazón siempre joven. La Palabra de Dios nos pide: «Eliminen la levadura vieja para ser masa joven» (1 Co 5,7). Al mismo tiempo nos invita a despojarnos del «hombre viejo» para revestirnos del hombre «joven» (cf. Col 3,9.10)[1]. Y cuando explica lo que es revestirse de esa juventud «que se va renovando» (v. 10) dice que es tener «entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándose unos a otros y perdonándose mutuamente si alguno tiene queja contra otro» (Col 3,12-13). Esto significa que la verdadera juventud es tener un corazón capaz de amar. En cambio, lo que avejenta el alma es todo lo que nos separa de los demás. Por eso concluye: «Por encima de todo esto, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección» (Col 3,14). (n.13).

También hay algunas recomendaciones para los jóvenes y sus padres:

“La Palabra de Dios dice que a los jóvenes hay que tratarlos «como a hermanos» (1 Tm 5,1), y recomienda a los padres: «No exasperen a sus hijos, para que no se desanimen» (Col 3,21). Un joven no puede estar desanimado, lo suyo es soñar cosas grandes, buscar horizontes amplios, atreverse a más, querer comerse el mundo, ser capaz de aceptar propuestas desafiantes y desear aportar lo mejor de sí para construir algo mejor. Por eso insisto a los jóvenes que no se dejen robar la esperanza, y a cada uno le repito: «que nadie menosprecie tu juventud» (1 Tm 4,12)”. (n.15).

El Papa, pide expresamente a los jóvenes que no se separen de los ancianos y sepan aprovechar su sabia experiencia de vida:

“Sin embargo, al mismo tiempo a los jóvenes se les recomienda: «Sean sumisos a los ancianos» (1 P 5,5). La Biblia siempre invita a un profundo respeto hacia los ancianos, porque albergan un tesoro de experiencia, han probado los éxitos y los fracasos, las alegrías y las grandes angustias de la vida, las ilusiones y los desencantos, y en el silencio de su corazón guardan tantas historias que nos pueden ayudar a no equivocarnos ni engañarnos por falsos espejismos. La palabra de un anciano sabio invita a respetar ciertos límites y a saber dominarse a tiempo: «Exhorta igualmente a los jóvenes para que sepan controlarse en todo» (Tt 2,6). No hace bien caer en un culto a la juventud, o en una actitud juvenil que desprecia a los demás por sus años, o porque son de otra época. Jesús decía que la persona sabia es capaz de sacar del arcón tanto lo nuevo como lo viejo (cf. Mt 13,52). Un joven sabio se abre al futuro, pero siempre es capaz de rescatar algo de la experiencia de los otros. (n.16)”.

¿Qué nos cuenta el Evangelio acerca de la juventud de Jesús?

“El Señor «entregó su espíritu» (Mt 27,50) en una cruz cuando tenía poco más de 30 años de edad (cf. Lc 3,23). Es importante tomar conciencia de que Jesús fue un joven. Dio su vida en una etapa que hoy se define como la de un adulto joven. En la plenitud de su juventud comenzó su misión pública y así «brilló una gran luz» (Mt 4,16), sobre todo cuando dio su vida hasta el fin. Este final no era improvisado, sino que toda su juventud fue una preciosa preparación, en cada uno de sus momentos, porque «todo en la vida de Jesús es signo de su misterio y «toda la vida de Cristo es misterio de Redención»”. (n. 23).

Algunas imágenes de su niñez y adolescencia:

El Evangelio no habla de la niñez de Jesús, pero sí nos narra algunos acontecimientos de su adolescencia y juventud. Mateo sitúa este período de la juventud del Señor entre dos acontecimientos: el regreso de su familia a Nazaret, después del tiempo de exilio, y su bautismo en el Jordán, donde comenzó su misión pública. Las últimas imágenes de Jesús niño son las de un pequeño refugiado en Egipto (cf. Mt 2,14-15) y posteriormente las de un repatriado en Nazaret (cf. Mt 2,19-23). Las primeras imágenes de Jesús, joven adulto, son las que nos lo presentan en el gentío junto al río Jordán, para hacerse bautizar por su primo Juan el Bautista, como uno más de su pueblo (cf. Mt 3,13-17). (n. 24).

El Bautismo es una experiencia que marca la identidad profunda de Jesús: 

“Este bautismo no era como el nuestro, que nos introduce en la vida de la gracia, sino que fue una consagración antes de comenzar la gran misión de su vida. El Evangelio dice que su bautismo fue motivo de la alegría y del beneplácito del Padre: «Tú eres mi Hijo amado» (Lc 3,22). En seguida Jesús apareció lleno del Espíritu Santo y fue conducido por el Espíritu al desierto. Así estaba preparado para salir a predicar y a hacer prodigios, para liberar y sanar (cf. Lc 4,1-14). Cada joven, cuando se sienta llamado a cumplir una misión en esta tierra, está invitado a reconocer en su interior esas mismas palabras que le dice el Padre Dios: «Tú eres mi hijo amado»”. (n. 25).

Con estos datos evangélicos podemos decir que, en su etapa de joven, Jesús se fue «formando», se fue preparando para cumplir el proyecto que el Padre tenía. Su adolescencia y su juventud lo orientaron a esa misión suprema. (cfr. n.27).  No fue un joven raro o encerrado en sí mismo, vivió en medio de una familia extensa.  Sus padres lo habían acostumbrado a compartir con desenvoltura en  medio de su gente:

“En la adolescencia y en la juventud, su relación con el Padre era la del Hijo amado, atraído por el Padre, crecía ocupándose de sus cosas: «¿No sabían que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» (Lc 2,49). Sin embargo, no hay que pensar que Jesús fuera un adolescente solitario o un joven ensimismado. Su relación con la gente era la de un joven que compartía toda la vida de una familia bien integrada en el pueblo. Aprendió el trabajo de su padre y luego lo reemplazó como carpintero. Por eso, en el Evangelio una vez se le llama «el hijo del carpintero» (Mt 13,55) y otra vez sencillamente «el carpintero» (Mc 6,3). Este detalle muestra que era un muchacho más de su pueblo, que se relacionaba con toda normalidad. Nadie lo miraba como un joven raro o separado de los demás. Precisamente por esta razón, cuando Jesús salió a predicar, la gente no se explicaba de dónde sacaba esa sabiduría: «¿No es este el hijo de José?» (Lc 4,22)”. (n.28).

La relación de Jesús con sus padres no fue cerrada ni absorbente:

“El hecho es que «Jesús tampoco creció en una relación cerrada y absorbente con María y con José, sino que se movía gustosamente en la familia ampliada, que incluía a los parientes y amigos»[8]. Así entendemos por qué sus padres, cuando regresaban de la peregrinación a Jerusalén, estaban tranquilos pensando que el jovencito de doce años (cf. Lc 2,42) caminaba libremente entre la gente, aunque no lo vieran durante un día entero: «Creyendo que estaba en la caravana, hicieron un día de camino» (Lc 2,44). Ciertamente, pensaban que Jesús estaba allí, yendo y viniendo entre los demás, bromeando con otros de su edad, escuchando las narraciones de los adultos y compartiendo las alegrías y las tristezas de la caravana. El término griego utilizado por Lucas para la caravana de peregrinos, synodía, indica precisamente esta “comunidad en camino” de la que forma parte la sagrada familia. Gracias a la confianza de sus padres, Jesús se mueve libremente y aprende a caminar con todos los demás”. (n.29).

La conclusión de esta primera parte es como la juventud de Jesús nos ilumina:

“Estos aspectos de la vida de Jesús pueden resultar inspiradores para todo joven que crece y se prepara para realizar su misión. Esto implica madurar en la relación con el Padre, en la conciencia de ser uno más de la familia y del pueblo, y en la apertura a ser colmado por el Espíritu y conducido a realizar la misión que Dios encomienda, la propia vocación. Nada de esto debería ser ignorado en la pastoral juvenil, para no crear proyectos que aíslen a los jóvenes de la familia y del mundo, o que los conviertan en una minoría selecta y preservada de todo contagio. Necesitamos más bien proyectos que los fortalezcan, los acompañen y los lancen al encuentro con los demás, al servicio generoso, a la misión”. (n.30).

El Papa presenta las siguientes características humanas y espirituales del perfil de Jesús:

 “Jesús tenía una confianza incondicional en el Padre, cuidó la amistad con sus discípulos, e incluso en los momentos críticos permaneció fiel a ellos. Manifestó una profunda compasión por los más débiles, especialmente los pobres, los enfermos, los pecadores y los excluidos. Tuvo la valentía de enfrentarse a las autoridades religiosas y políticas de su tiempo; vivió la experiencia de sentirse incomprendido y descartado; sintió miedo del sufrimiento y conoció la fragilidad de la pasión; dirigió su mirada al futuro abandonándose en las manos seguras del Padre y a la fuerza del Espíritu. En Jesús todos los jóvenes pueden reconocerse». (n.31).

La Iglesia y cada uno de nosotros es joven cuando somos fieles a nuestra identidad y misión, cuando se busca y se recibe la fuerza siempre nueva de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, de la presencia de Cristo y de la fuerza de su Espíritu cada día. Es joven cuando se es capaz de volver una y otra vez a su fuente del amor primero. (Cfr. 35).

Aquí un gran desafío para las parejas y las familias: 

Es cierto que los miembros de la Iglesia no tenemos que ser “bichos raros”. Todos tienen que sentirnos hermanos y cercanos, como los Apóstoles, que «gozaban de la simpatía de todo el pueblo» (Hch 2,47; cf. 4,21.33; 5,13). Pero al mismo tiempo tenemos que atrevernos a ser distintos, a mostrar otros sueños que este mundo no ofrece, a testimoniar la belleza de la generosidad, del servicio, de la pureza, de la fortaleza, del perdón, de la fidelidad a la propia vocación, de la oración, de la lucha por la justicia y el bien común, del amor a los pobres, de la amistad social. (36).

Qué bueno que podamos compartir en pareja y familia y en las koinonias este precioso documento fruto de todo un caminar de la Iglesia en todo el mundo, dedicado especialmente a los jóvenes, pero que es de gran interés para todos.

Los recuerdo en mi oración y lo confío a los corazones amantes de Jesús y de María,

P. Raúl Téllez V. CJM

Director Pastoral Familiar Minuto de Dios
rtellezv@hotmail.com

La Carta Encíclica LAUDATO SI “ALABADO SEAS”, sobre el cuidado de la casa común. (Segunda parte)

La Carta Encíclica LAUDATO SI “ALABADO SEAS”, sobre el cuidado de la casa común. (Segunda parte)

Desde el boletín anterior habíamos comenzado una lectura de esta importante Carta Encíclica de nuestro querido Papa Francisco sobre la cuestión de la ecología en clave de aportes a una espiritualidad conyugal y familiar.

En el N. 76 el Papa clarifica la diferencia entre el concepto de “naturaleza” y “creación”. LA NATURALEZA, suele entenderse como un “sistema que se analiza, comprende y gestiona”,  LA CREACIÓN, en cambio, se entiende como un “DON que surge de la mano abierta del Padre de todos, como una realidad iluminada por el amor que nos convoca a una COMUNIÓN UNIVERSAL”; es decir, “TIENE QUE VER CON UN PROYECTO DEL AMOR DE DIOS, donde CADA CRIATURA tiene un valor y un significado”.

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Llamados a ser “Misioneros de la Misericordia” en las Familias

Llamados a ser “Misioneros de la Misericordia” en las Familias

Al comienzo de nuestro caminar en la fe como Comunidad Matrimonial Alegría y como Pastoral Familiar del Minuto de Dios quiero hacerles extensivo el desafío  del Papa Francisco, con motivo del año de la Misericordia, para convertirnos todos en “Misioneros de la Misericordia” en cada Encuentro de Renovación Matrimonial (ERM) o de Renovación para Novios (ERN), en cada Seminario de Vida en el Espíritu (SVE), en cada Curso de reconocimiento de la Fertilidad; en cada Congreso o Jornada de la Espiritualidad, en la Asamblea de los viernes y en cada consejería en la Casa “Alegría” o Casa de la “Escucha”. 

Afirma el Papa Francisco: 

“Durante la Cuaresma de este Año Santo tengo la intención de enviar los Misioneros de la Misericordia.  Serán un signo de la solicitud materna de la Iglesia por el Pueblo de Dios, para que entre en profundidad en la riqueza de este misterio tan fundamental para la fe”. (MV 18). 

Según el pensamiento original del Papa, su mirada se dirige a los sacerdotes a los cuales “daré autoridad de perdonar también los pecados que están reservados a la Sede Apostólica”.  Pero de una manera extensa se dirige  a todos los laicos que se han comprometido en la Pastoral Familiar, que se convierten, también, en ministros de la Reconciliación y del Perdón, gracias a su consagración bautismal:

“Serán, sobre todo, signo vivo de cómo el Padre acoge cuantos están en busca de su perdón”.  Serán misioneros de la misericordia porque serán los artífices ante todos de un encuentro cargado de humanidad, fuente de liberación, rico de responsabilidad, para superar los obstáculos y retomar la vida nueva del Bautismo”

El modelo lo tenemos en el mismo Jesús en su encuentro con la mujer acusada de  adulterio que todos quieren condenar y lapidar: “Tampoco yo te condeno. Ve y en adelante no peques más” (Jn 8,11). El imperativo “ve y en adelante…” supone que Jesús recupera la total confianza en esa mujer.  No importa su pasado lleno de confusión y de humillación.   Es como si le dijera “tú eres capaz de amar, de ser fiel, de construir una vida digna”.  Sigue adelante, ve a construir un futuro digno porque “eres mujer” no una “adultera” como todos la califican. A las personas no las definen sus pecados, sus errores;  las definen sur ser en Jesucristo, nuestro Hermano mayor, “Hijos/as amados/as de Dios” (Cfr. Lc 3, 22) y como dice San Pablo “Todos han pecado y están privados de la presencia de Dios. Pero son perdonados sin merecerlo, generosamente, porque Cristo Jesús los ha rescatado” (Rm 3, 23-24).   

Jesús tiene que enfrentar a aquellos que ven el pecado afuera, en los demás y no dentro de sí.  “El que no tenga pecado, tire la primera piedra” (Jn 8, 7). Decía Papa Francisco que nuestra sociedad es cruel con el pecador y lo comprobamos frecuentemente en nuestra sociedad colombiana, con el amarillismo de algunos medios de comunicación que, sin pudor ni respeto, se ensañan con la persona que se ha equivocado.  Eso nos degrada a todos, nos hace perder la confianza básica para construir relaciones sanas tanto en la familia como en la sociedad.

No nos cuenta el evangelio que pasó después con la vida de esta mujer.  Pero si estamos seguros que salió  del encuentro con Jesús perdonada, reconciliada consigo misma, con ganas de amar, dignificada porque Jesús despertó  su dignidad de “mujer”;  palabra  que aparece dos veces en el evangelio de Juan, cuando Jesús se dirige a su Madre (cfr. Jn 2,4; 19,26).

¿Qué cosas se requieren para ser un misionero de la Misericordia según San Juan Eudes?

1.Tener compasión de la miseria del otro, porque es misericordioso el que lleva en su corazón, por compasión, las miserias de los miserables.

2.Tener una gran voluntad de socorrerlos en sus  miserias.

3.Pasar entonces del querer al hecho.  

Toda la vida de Jesucristo es leída por San Juan Eudes en clave de Misericordia: “Ahora bien, nuestro redentor se encarnó para ejercer hacia nosotros su gran misericordia. (cfr. OC VIII 52.53).

La Pastoral Familiar en cada Parroquia y Movimiento/grupo Familiar, la Comunidad Matrimonial “Alegría” estamos llamados a responder a este desafío que nos hace el Señor a través del Papa Francisco,  “ser MISERICORDIOSOS COMO EL PADRE”:

“Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo de hoy… En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención.  No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye.  Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio.  Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad.  Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campantemente para esconder la hipocresía y el egoísmo. (MV 15).

Qué bueno que podamos concretar este llamado. El mundo   necesita parejas y familias que la mueva ese autentico  amor misericordioso y que sean testimonio claro para nuestra sociedad.  Para algunos se necesita sólo dar un primer paso en la dirección justa. 

Los recuerdo en mi oración y los confío a los corazones misericordiosos de Jesús y de María. 

P. Raúl Téllez V. CJM

Director Pastoral Familiar del Minuto de Dios

rtellev@hotmail.com

El Señor ha resucitado. Sí, verdaderamente ha resucitado

¡El Señor ha resucitado. Sí, verdaderamente ha resucitado!

Es el grito que resuena en este nuevo tiempo pascual y que acompaña mi saludo de Felices Pascuas de Resurrección a cada uno de ustedes, a sus familias y koinonias.   Que alegría saber que el triunfo de Jesús sobre la muerte es el triunfo de la belleza del amor que se entrega sin reservas, “Hasta la última gota de su sangre y de su agua” (Cfr. Jn 19,34). Un amor que se vive en la verdad y en el bien que dan sentido y nos realiza como personas.

Hay otros que inmolan sus vidas en medio del rencor, del odio, del fanatismo y sólo siembran destrucción, muerte y deshumanización. Que contradictorias estas entregas…

Hoy contemplamos en el Resucitado el paradigma del verdadero amor que nos trae paz, alegría, confianza y la certeza que siempre triunfará la vida y el amor. La última palabra no la tiene el mal, la mentira, el pecado, el sufrimiento, la enfermedad. La última palabra es el grito: “¿Dónde está muerte tu victoria, donde está muerte tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la Ley. Pero ¡Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo !  (1ª Cor 15, 55-57).  En este boletín quiero reproducir la declaración del Colegio de Pediatras de Estados Unidos, que creo nos brinda luces y razones serias para rechazar, una vez más, la ideología del género que tanto daño está haciendo a las personas y a las familias.

Los recuerdo en mi oración y los entrego a los corazones amantes de Jesús y de María,

P. Raúl Téllez V. CJM

Director Pastoral Familiar Minuto de Dios.

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Como desarmar el poder del mal?

¿Como desarmar el poder del mal?

El texto  de Mateo en el cual Jesús se revela como “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29) es un retrato precioso porque es un texto en el cual Jesús nos  ofrece una definición de sí mismo, “aprendan de mí, que soy…”.  La humildad y la mansedumbre constituyen en la persona de Jesús dos cualidades que se distinguen más que otras y nos permiten adentrarnos en su identidad y  misterio.  Es Mateo el evangelista que más  saca a la luz, la mansedumbre de Jesús.  En el Nuevo Testamento, en efecto, el adjetivo “manso” se encuentra sólo cuatro veces:
Una vez en la primera carta de san Pedro (3,4); las otras tres en Mateo (5,5; 11, 29; 21,5).  Y en el texto  que estamos comentando, Mateo muestra como en Jesús se cumple lo que Isaías había profetizado a través de la figura de un siervo de Dios, llamado a hacer triunfar la justicia a través de una vida de total  mansedumbre: Y en su nombre esperarán las naciones”.  (Mt 12, 18.21). No apagará la vela vacilante, hasta que  haga triunfar la justicia.  No quebrará la caña débil, No gritará, no discutirá, no voceará por las calles. Sobre él pondré mi Espíritu para que anuncie la justicia a las naciones. “ Miren a mi siervo, a mi elegido, a quien prefiero.

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Una lección de amor y de amistad con San Juan Eudes y el Papa Francisco

Una lección de amor y de amistad con San Juan Eudes y el Papa Francisco

En este mes “del amor y de la amistad” no quiero dejar pasar la oportunidad para saludarlos y expresarles mi alegría de pastor por ese bello y dramático camino del amor y de la amistad que el Señor nos ha permitido vivir en cada una de nuestras familias y también en las relaciones que hemos podido tejer en medio de nuestras koinonías  de la gran comunidad “Alegría” y en la Pastoral Familiar del Minuto de Dios.

Inicio compartiendo con ustedes una preciosa oración que, San Juan Eudes, sugería hacerla antes de salir para ir a encontrar a las personas que amamos, los amigos o a nuestro prójimo en general y que nos pueden ayudar a pensar en las cualidades mínimas relacionales que necesitamos para construir la familia, la comunidad y la sociedad en general.  “Adoro en ti, oh Jesús, las santas y divinas disposiciones e intenciones con que trataste con los hombres.  ¡Con qué humildad, caridad, dulzura, paciencia, modestia, desprendimiento de las criaturas y aplicación a Dios lo has hecho!  Deseo, Salvador mío, conversar en adelante, con mi prójimo, con tus disposiciones  que te ruego imprimir en mí.  Te pido perdón por las faltas que contra ellos he cometido”. (OE I, 317).

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Las consecuencias de los fracasos matrimoniales

Quiero presentar una síntesis de un reciente informe realizado por investigadores especializados en temas de matrimonio y familia que muestra las grandes desventajas provocadas por la desintegración familiar en los Estados Unidos y que lo pudiéramos aplicar para nuestro país, algo que trae consigo numerosas consecuencias negativas para los individuos y la sociedad en general.  Esta es una de las principales conclusiones de un reciente estudio del National Marriage Report y titulado: “El estado de nuestros matrimonios: La Salud Social de Matrimonio en América 2007” y dado a conocer por el padre John Flynn.

Mitos

El informe contesta a algunos mitos que suelen utilizar las fuerzas anti familia. El primer mito es que vivir juntos antes del matrimonio es útil para saber si la pareja podrá durar, evitando así un mal matrimonio y un eventual divorcio.  Esto no tiene apoyo alguno en los hechos, observa el informe. “De hecho, evidencias sustanciales indican que quienes viven juntos antes del matrimonio es más probable que rompan después de casarse”, comenta el informe.

El informe admite que hay diversas opiniones sobre la interpretación de los datos, pero atendiendo a un mínimo común de los autores concluyen: “Lo que se puede decir que es cierto es que no se han encontrado todavía evidencias de que quienes cohabitan antes del matrimonio tienen matrimonios más sólidos que los que no”.

El segundo mito refutado por el informe es la afirmación de que aunque se casen menos, quienes se casan tienen un matrimonio de mejor calidad.  No es así, “las mejores evidencias disponibles sobre el tema” muestran un declive en los últimos 25 años en el número tanto de hombres como de mujeres que afirman que sus matrimonios son “muy felices”.

Papel educativo

El informe también revela una creciente división social cuando se trata del matrimonio.  Entre quienes han recibido una educación universitaria la institución del matrimonio se ha robustecido en el último par de décadas.  Actualmente, las mujeres con estudios universitarios tienen un índice más alto que el resto de la población, y también son menos favorables al divorcio que las mujeres con menos educación.

Además, entre quienes retrasan la edad de casarse a más allá de la treintena, las mujeres con estudios universitarios son las únicas propensas a tener hijos después de casarse en vez de antes.  Hay, por tanto, una creciente “división matrimonial” en Norteamérica, observa el informe.  Esto se debe a la combinación de un declive continu7o en el índice de matrimonio y un creciente porcentaje de nacimientos fuera del matrimonio.  En el año 2000. El 40% de las madres que habían abandonado sus estudios vivían sin sus maridos, en comparación con el 12% de las que habían logrado graduarse, indica el informe.

Después de alcanzar su máximo a principios de los ochenta, el divorcio ha descendido de forma moderada.  En general, la probabilidad de que un primer matrimonio acabe en divorcio o separación permanece entre el 40% y el 50%.  El riesgo de divorcio, no obstante, varía ampliamente.  La probabilidad de divorciarse es mucho más alta entre quienes son pobres, entre personas que abandonaron sus estudios, y entre parejas que se casaron antes de los

Veinte. Las parejas que tienen familias con un historial de divorcios, así como las que no tienen afiliación religiosa, son también más propensas a divorciarse.

Las ventajas económicas del matrimonio

Además de las consecuencias personales, la quiebra del matrimonio y la vida familiar en las últimas décadas ha tenido un grave impacto económico.  Una sección del informe considera las ventajas económicas del matrimonio para la sociedad.  “Las parejas casadas crean, de media, más activos económicos que los creados por parejas similares solteras en cohabitación”, sostiene el informe.  Las parejas casadas viven en forma más frugal, si se compara.  Los hombres tienden también a ser más productivos económicamente tras el matrimo9nio, ganando, con educación e historial laboral similar, entre un 10% y un 40% más que cuando eran solteros.

El aumento del divorcio también ha dado lugar a más desigualdad y pobreza.  Sl informe apunta que los resultados de muchas investigaciones han demostrado que tanto el divorcio como el criar a los hijos fuera del matrimonio aumentan la pobreza infantil.

El divorcio también significa costos más altos para los gobiernos, debido a factores como los gastos sociales y el aumento de la delincuencia juvenil.  Los 1.4 millones de divorcios del 2002 en Estados Unidos se estima que han costado a los contribuyentes más de 30.000 millones de dólares, afirma el informe.

Invertir la tendencia

Uno de los investigadores se pregunta también como podría repararse la quiebra en el matrimonio y la familia.  Una forma de hacerlo es a través de una transformación cultural gracias a la religión.  Con el paso de los años, continúa Popenoe, los Estados Unidos y otros países se han vuelto cada vez más laicistas e individualistas.  Este es el caso en particular de los jóvenes.

Robustecer la religión y la familia es uno de los temas comunes de Benedicto XVI.  El Pontífice afirmaba que “la Iglesia promueve que la familia sea de verdad el ámbito donde la persona nace, crece y se educa para la vida, y donde los padres, amando con ternura a sus hijos, los van preparando para unas sanas relaciones interpersonales que encarnen los valores morales y humanos en medio de una sociedad tan marcada por el hedonismo o la indiferencia religiosa”.

Más recientemente, al responder el 1 de septiembre a las personas planteadas por los jóvenes reunidos con el Papa en Loreto, Italia, Benedicto XVI indicaba que la marginalización que afecta a tantas personas de hoy se debe en parte a la desintegración familiar.  La familia, apuntaba, “no sólo debería ser un lugar donde se  encuentren las generaciones, sino también donde se aprenda a vivir, donde se aprendan las virtudes esenciales para la vida, está desintegrada, se encuentra en peligro”.

Necesitamos asegurarnos de que la familia sobrevivía y esté una vez más en el centro de la sociedad, urgía el Papa.

Ojala en este nuevo año todas las parejas de la comunidad base, servidores y miembros  de nuestra querida comunidad  “Alegría” pudiéramos comprometernos con renovado fervor en nuestra bella tarea de anunciadores de la buena noticia del amor conyugal y familiar.  Ese sería nuestro granito de arena para construir un mundo mejor.

Los recuerdo a todos en mi oración y los entrego a los corazones amantes de Jesús y de María.

P. Raúl Téllez V. CJM

Pastoral Familiar de Dios

rtellezv@hotmail.com

El Matrimonio es una vocación

 

Estamos  acostumbrados  a afirmar que la vocación es un asunto que le compete sólo a algunas personas como los sacerdotes y los religiosos o las religiosas. Al contrario, San Pablo escribiendo a todos los cristianos de Efeso dice sencillamente así:  “Los exhorto, pues, yo, prisionero por el Señor, a que vivan de una manera digna de la vocación con que han sido llamados” (Ef 4,1). Esta dimensión vocacional del matrimonio cristiano es una novedad en la que insiste la Iglesia de hoy.

Cuando se habla del matrimonio como un proyecto, la afirmación es aceptada por la mayoría.  Esto se sabe:  el proyectar la vida de pareja es un llamado a la libertad de dos personas, el deseo de afrontar el futuro con ojos abiertos, tal vez con un poco de riesgo, pero siempre con los pies bien puestos sobre la tierra, es decir, con un sano realismo.

Pero la vocación es otra cosa.  Es una palabra que permite ver a Dios en  medio de la decisión  que toman  los novios y futuros esposos.  Algunos podrían objetar “pero por qué entra Dios en nuestro amor? O en nuestra decisión de ser pareja?  Otros podrían decir: “Nosotros nos hemos conocido en un modo totalmente casual en el trabajo, en una discoteca, en un paseo o en una reunión familiar. Entonces, es propiamente Dios quien nos ha hecho encontrar?”.

Muchas parejas no pueden señalar en el tiempo, el instante preciso en que nació la intuición o la certeza de ser hechos el uno para el otro. El nacimiento del  amor que une a dos personas es en el fondo un misterio. Es cierto que la pareja en el camino que van haciendo poco a poco se dan cuenta del propósito de un común proyecto de vida.  Pero para una persona de fe, Dios obra y nos pide tomar conciencia que el compromiso del matrimonio es una respuesta, no sólo del hombre hacia la mujer, sino también es una respuesta de los dos a Dios que los llama.

Justamente las parejas creyentes podrán decir:  “Dios nos ha hecho encontrar, para construir junto un proyecto de vida, para realizar una misión en la Iglesia y en el mundo”.  Las implicaciones de esta conciencia vocacional del matrimonio cristiano son diversas:

– El matrimonio no es un simple “organizar la vida” como sueñan algunos jóvenes y recomiendan sus padres.  Tampoco es una experiencia privada o individual de dos personas que se quieren mucho.

– El matrimonio cristiano es el camino más común para una plena realización personal, en el don de sí hacia la otra persona.  Hombre y mujer no se usan, se entregan y en donarse totalmente se re-encuentran a sí mismos.  “Y se hacen una sola carne” (Gn 2, 24)

– El matrimonio-vocación es un acontecimiento personal y comunitario.  Se llega a ser marido y mujer en una comunidad cristiana, de frente a la cual y a su ministro se asumen unos compromisos concretos.

– El matrimonio, como respuesta a una llamada, significa sobretodo que en la nueva casa en la que se inicia la vida de los esposos, Dios no puede faltar.   Él es la fuente del amor, de la vida; Él es la insustituible presencia que acompaña un camino de sueños y de momentos gratificantes, pero, no sin dificultades y cansancios.  En conclusión, se necesitan ser tres para casarse, para no condenar el amor a la corta duración de sólo los recursos humanos o la inestabilidad de los sentimientos.

El matrimonio no es un simple remedio a las debilidades humanas y afectivas, sino ante todo, un llamado a vivir la plenitud de la vida cristiana en pareja. Una vida auténticamente humana y humanizadora, centrada en Cristo y que transparenta progresivamente las virtudes de la fe, la esperanza y el amor.  La vocación cristiana nace en el bautismo y asume una forma adulta en el matrimonio, gracias a la vida de recíproca, exclusiva y permanente entrega de los cónyuges.  Esto supone que los dos sean personas de oración, con un nivel de madurez humana que los haga capaces de compromisos y tenacidad en lo momentos de crisis.  Aquí es donde los esposos necesitan una espiritualidad que sepa integrar la oración y la realidad conyugal y familiar. Lo afirma muy bellamente el Concilio Vaticano II:

“Para cumplir con constancia los deberes de esta vocación cristiana, se requiere una insigne virtud; por eso los esposos, fortalecidos por la gracia para la vida santa, cultivarán y  pedirán en la oración con asiduidad, la firmeza del amor, la magnanimidad y el espíritu de sacrificio. (GS n. 49b)”

Espero que muchos de ustedes estén aprovechando el libro “La espiritualidad conyugal en perspectiva latinoamericana.  Evolución doctrinal, fundamentación antropológica – bíblica –  teológica y  perspectivas pastorales”.  Es un aporte para todas la parejas que quieran tomar en serio su vida matrimonial como un camino a la santidad.

A todos los recuerdos en mi oración y los entrego a los corazones amantes de Jesús y de María,

P. Raúl Téllez V. CJM

Pastoral Familiar Minuto de Dios

rtellezv@hotmail.com

 

El Perdón

 

Tratar de la  reconciliación y del perdón es referirse a una hermosa tarea,cargada de responsabilidad y deseos de bien y de paz, con los que siempre,nos encontramos en deuda. Si miramos nuestra historia, existen muchas situaciones personales y colectivas de perdón dado o de perdón recibido. Hay muchas formas de expresarlo y realizarlo y muchas intensidades en  Vivirlo.    Se puede afirmar que así como un matrimonio descubre su sinsentido en la historia de sufrimiento, que engendra el egoísmo, el corazón endurecido (cfr.Mt 19,8) y la injusticia y conduce a la división y el conflicto, de igual modo encuentra su sentido en la historia del perdón y la reconciliación, que conduce a la paz interior y exterior, a la convivencia tolerante y pacífica.

Por eso, uno de los más bellos ministerios que se ha encomendado a la pastoral Familiar, a los presbíteros y agentes de pastoral, y, a todos los miembros de la comunidad cristiana es precisamente el de la reconciliación.   En cada confesión sacramental, en cada ceremonia de reconciliación y sanación interior que tenemos en los grupos y comunidades de parejas, en cada asesoría familiar o cuando escuchamos o aconsejamos a alguna pareja en dificultades, resuena la palabra de San Pablo.

Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nuestros labios la palabra de la reconciliación. Somos, pues, embajadores, como si Dios exhortara Por medio de nosotros. En nombre de Cristo les suplicamos: ¡reconcíliense con Dios!(2″Co5,19-20)

El cristiano sostiene que Cristo es el único camino real de reconciliación, porque en El ya se ha realizado, por su muerte y por su cruz, de modo único e

irrepetible,  la reconciliación a la que  aspiramos.  No puede haber reconciliación con uno mismo, con la pareja y los demás, si no hay reconciliación con Dios y viceversa.

 

Tomado del libro “La Espiritualidad Conyugal en Perspectiva Latinoamericana” a la luz del Magisterio Conciliar y Pontificio más reciente.

Autor: P. Raúl N. Téllez V. CJM

 

El Señor está cercano a quien tiene el corazón herido (Sal 34,19)

Este es el título de una Carta Pastoral que el Cardenal Arzobispo de Milán, Dionigi Tettamanzi, le envió a los esposos en situación de separación, divorcio y nueva unión, el seis de enero del 2008 . Es un deseo especial de este Pastor y Maestro de sentirse muy cercano a esta clase de parejas y busca un diálogo abierto y sencillo; para compartir las alegrías y la fatiga de su caminar en la fe; para intentar escuchar algunas inquietudes de su vivencia cotidiana;  para dejarse interpelar de algunas de sus preguntas; para confiar los sentimientos y deseos que el Cardenal alimenta en su corazón por estas parejas, que se pueden sentir olvidadas e ignoradas por la Iglesia.

Algunas divorciados han tenido experiencias desagradables en relación con la Iglesia Católica: no se han sentido comprendidos en una situación ya difícil y dolorosa de por sí; no han encontrado, quizás, alguno dispuesto a escuchar y ayudar; muchas veces han sentido palabras que tienes el sabor de un juicio sin misericordia o de una condena si posibilidad  de apelación. Y han podido alimentar el pensamiento de ser  abandonados o rechazados por la Iglesia Madre.

La primera cosa que les dice el Cardenal Dionigi es esta:  “La Iglesia no los ha olvidado.  Tanto menos los rechaza o los considera indignos”.  Y recuerda las palabras de Juan Pablo II dirigidas a las familias provenientes de todo el mundo en ocasión del jubileo en el año 2000:  “De frente a tantas familias destruidas, la Iglesia se siente llamada no a expresar un juicio severo y distante, sino a introducir en los pliegues de tantos dramas humanos la luz de la Palabra de Dios, acompañada del testimonio de su misericordia”.

Como cristianos sentimos por estas parejas un afecto particular, como aquél de un padre que tiene más atención y cuidado por el hijo que está en dificultades y sufre, o el afecto de hermanos que nos sostienen con mayor delicadeza y profundidad, después que por mucho tiempo se han fatigado en el comprenderse y hablarse abiertamente.

El cardenal Tettamanzi, como hombre de Iglesia, reconoce que la decisión de  poner fin a una relación matrimonial no debería ser tomada con facilidad, tanto menos con ligereza.  “Ha estado un paso sufrido de sus vidas, un hecho que los ha interrogado profundamente sobre el por qué del fracaso de aquel proyecto de vida en el cual habían creído y por el cual habían invertido muchas energías”.

Ciertamente la de decisión de este paso dejas heridas que se curan con mucha fatiga; surgen las preguntas y los reproches  sobre en quién recae la responsabilidad; se siente el dolor de sentirse traicionado en la confianza puesta en el compañero-a que se había escogido para toda la vida;  se siente dominado por un sentido de inadecuación hacia los hijos, involucrados en un sufrimiento del cual ellos no tienen ninguna responsabilidad.

El fin de un matrimonio es también para la Iglesia motivo de sufrimiento y fuente de grandes interrogantes. Cuando esto sucede a las parejas que habían celebrado su alianza nupcial en la comunidad cristiana, viviéndola como un sacramento,  con la preparación debida, el acompañamiento y la oración: ¿por qué el Señor permite que tenga que romperse aquél vínculo que es el gran “signo eficaz” que hace presente en el mundo el amor mismo de Dios, un amor total, indestructible, fiel y fecundo, como el amor de Cristo por nosotros?  La Iglesia, en estas circunstancias, se encuentra en un cierto sentido empobrecida, privada de un signo luminoso que debía servirle de alegría y de consolación.

El Cardenal afirma que conoce estas inquietudes que expresan un dolor y una herida que tocan íntimamente a estas parejas y a toda la comunidad eclesial.

En el próximo editorial presentaré los principales apartados de esta importante Carta Pastoral:  – De cara a la decisión de separarse. – No a la resignación. – La Palabra de la Cruz. – ¿Hay un lugar para ustedes en la Iglesia?  – La Palabra del Señor sobre el Matrimonio. – En el corazón de la vida de fe en el signo de la esperanza. – El Señor, que esta en medio de nosotros, les está cercano.

Los recuerdo a todos en mi oración y los entrego a los corazones amantes de Jesús y de María,

P. Raúl Téllez V. CJM

Director Pastoral Familiar “Minuto de Dios”

rtellezv@hotmail.com