Cristo Vive Aleluya

 

Cristo Vive Aleluya.

Para aprovechar este bellísimo Tiempo Pascual, recibimos con alegría la última Exhortación apostólica postsinodal CHRISTUS VIVIT del Santo Padre Francisco a los jóvenes y a todo el Pueblo de Dios, firmada el pasado 25 de marzo del presente año, fiesta de la Encarnación del Señor, en Loreto (Italia) junto al Santuario de la Santa Casa.  (El subrayado es personal).

En el documento eclesial hay expresiones que nos ayudan a comprender este tiempo pascual:

“VIVE CRISTO, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces, las primeras palabras que quiero dirigir a cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡Él vive y te quiere vivo!”. (n.1).

Este grito nos llena de mucha esperanza.  No podemos resignarnos ante el mal o los fracasos:

“Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar. Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza”. (n.2)

El Papa escribe a todos los jóvenes cristianos con cariño esta Exhortación apostólica, es decir, una carta que recuerda algunas convicciones de nuestra fe y que al mismo tiempo alienta a crecer en la santidad y en el compromiso con la propia vocación. (Cfr. n.3).

Más adelante el Papa Francisco nos recuerda cuál es el estilo de vida propio de nuestra nueva condición de resucitados:

“Jesús, el eternamente joven, quiere regalarnos un corazón siempre joven. La Palabra de Dios nos pide: «Eliminen la levadura vieja para ser masa joven» (1 Co 5,7). Al mismo tiempo nos invita a despojarnos del «hombre viejo» para revestirnos del hombre «joven» (cf. Col 3,9.10)[1]. Y cuando explica lo que es revestirse de esa juventud «que se va renovando» (v. 10) dice que es tener «entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándose unos a otros y perdonándose mutuamente si alguno tiene queja contra otro» (Col 3,12-13). Esto significa que la verdadera juventud es tener un corazón capaz de amar. En cambio, lo que avejenta el alma es todo lo que nos separa de los demás. Por eso concluye: «Por encima de todo esto, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección» (Col 3,14). (n.13).

También hay algunas recomendaciones para los jóvenes y sus padres:

“La Palabra de Dios dice que a los jóvenes hay que tratarlos «como a hermanos» (1 Tm 5,1), y recomienda a los padres: «No exasperen a sus hijos, para que no se desanimen» (Col 3,21). Un joven no puede estar desanimado, lo suyo es soñar cosas grandes, buscar horizontes amplios, atreverse a más, querer comerse el mundo, ser capaz de aceptar propuestas desafiantes y desear aportar lo mejor de sí para construir algo mejor. Por eso insisto a los jóvenes que no se dejen robar la esperanza, y a cada uno le repito: «que nadie menosprecie tu juventud» (1 Tm 4,12)”. (n.15).

El Papa, pide expresamente a los jóvenes que no se separen de los ancianos y sepan aprovechar su sabia experiencia de vida:

“Sin embargo, al mismo tiempo a los jóvenes se les recomienda: «Sean sumisos a los ancianos» (1 P 5,5). La Biblia siempre invita a un profundo respeto hacia los ancianos, porque albergan un tesoro de experiencia, han probado los éxitos y los fracasos, las alegrías y las grandes angustias de la vida, las ilusiones y los desencantos, y en el silencio de su corazón guardan tantas historias que nos pueden ayudar a no equivocarnos ni engañarnos por falsos espejismos. La palabra de un anciano sabio invita a respetar ciertos límites y a saber dominarse a tiempo: «Exhorta igualmente a los jóvenes para que sepan controlarse en todo» (Tt 2,6). No hace bien caer en un culto a la juventud, o en una actitud juvenil que desprecia a los demás por sus años, o porque son de otra época. Jesús decía que la persona sabia es capaz de sacar del arcón tanto lo nuevo como lo viejo (cf. Mt 13,52). Un joven sabio se abre al futuro, pero siempre es capaz de rescatar algo de la experiencia de los otros. (n.16)”.

¿Qué nos cuenta el Evangelio acerca de la juventud de Jesús?

“El Señor «entregó su espíritu» (Mt 27,50) en una cruz cuando tenía poco más de 30 años de edad (cf. Lc 3,23). Es importante tomar conciencia de que Jesús fue un joven. Dio su vida en una etapa que hoy se define como la de un adulto joven. En la plenitud de su juventud comenzó su misión pública y así «brilló una gran luz» (Mt 4,16), sobre todo cuando dio su vida hasta el fin. Este final no era improvisado, sino que toda su juventud fue una preciosa preparación, en cada uno de sus momentos, porque «todo en la vida de Jesús es signo de su misterio y «toda la vida de Cristo es misterio de Redención»”. (n. 23).

Algunas imágenes de su niñez y adolescencia:

El Evangelio no habla de la niñez de Jesús, pero sí nos narra algunos acontecimientos de su adolescencia y juventud. Mateo sitúa este período de la juventud del Señor entre dos acontecimientos: el regreso de su familia a Nazaret, después del tiempo de exilio, y su bautismo en el Jordán, donde comenzó su misión pública. Las últimas imágenes de Jesús niño son las de un pequeño refugiado en Egipto (cf. Mt 2,14-15) y posteriormente las de un repatriado en Nazaret (cf. Mt 2,19-23). Las primeras imágenes de Jesús, joven adulto, son las que nos lo presentan en el gentío junto al río Jordán, para hacerse bautizar por su primo Juan el Bautista, como uno más de su pueblo (cf. Mt 3,13-17). (n. 24).

El Bautismo es una experiencia que marca la identidad profunda de Jesús: 

“Este bautismo no era como el nuestro, que nos introduce en la vida de la gracia, sino que fue una consagración antes de comenzar la gran misión de su vida. El Evangelio dice que su bautismo fue motivo de la alegría y del beneplácito del Padre: «Tú eres mi Hijo amado» (Lc 3,22). En seguida Jesús apareció lleno del Espíritu Santo y fue conducido por el Espíritu al desierto. Así estaba preparado para salir a predicar y a hacer prodigios, para liberar y sanar (cf. Lc 4,1-14). Cada joven, cuando se sienta llamado a cumplir una misión en esta tierra, está invitado a reconocer en su interior esas mismas palabras que le dice el Padre Dios: «Tú eres mi hijo amado»”. (n. 25).

Con estos datos evangélicos podemos decir que, en su etapa de joven, Jesús se fue «formando», se fue preparando para cumplir el proyecto que el Padre tenía. Su adolescencia y su juventud lo orientaron a esa misión suprema. (cfr. n.27).  No fue un joven raro o encerrado en sí mismo, vivió en medio de una familia extensa.  Sus padres lo habían acostumbrado a compartir con desenvoltura en  medio de su gente:

“En la adolescencia y en la juventud, su relación con el Padre era la del Hijo amado, atraído por el Padre, crecía ocupándose de sus cosas: «¿No sabían que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» (Lc 2,49). Sin embargo, no hay que pensar que Jesús fuera un adolescente solitario o un joven ensimismado. Su relación con la gente era la de un joven que compartía toda la vida de una familia bien integrada en el pueblo. Aprendió el trabajo de su padre y luego lo reemplazó como carpintero. Por eso, en el Evangelio una vez se le llama «el hijo del carpintero» (Mt 13,55) y otra vez sencillamente «el carpintero» (Mc 6,3). Este detalle muestra que era un muchacho más de su pueblo, que se relacionaba con toda normalidad. Nadie lo miraba como un joven raro o separado de los demás. Precisamente por esta razón, cuando Jesús salió a predicar, la gente no se explicaba de dónde sacaba esa sabiduría: «¿No es este el hijo de José?» (Lc 4,22)”. (n.28).

La relación de Jesús con sus padres no fue cerrada ni absorbente:

“El hecho es que «Jesús tampoco creció en una relación cerrada y absorbente con María y con José, sino que se movía gustosamente en la familia ampliada, que incluía a los parientes y amigos»[8]. Así entendemos por qué sus padres, cuando regresaban de la peregrinación a Jerusalén, estaban tranquilos pensando que el jovencito de doce años (cf. Lc 2,42) caminaba libremente entre la gente, aunque no lo vieran durante un día entero: «Creyendo que estaba en la caravana, hicieron un día de camino» (Lc 2,44). Ciertamente, pensaban que Jesús estaba allí, yendo y viniendo entre los demás, bromeando con otros de su edad, escuchando las narraciones de los adultos y compartiendo las alegrías y las tristezas de la caravana. El término griego utilizado por Lucas para la caravana de peregrinos, synodía, indica precisamente esta “comunidad en camino” de la que forma parte la sagrada familia. Gracias a la confianza de sus padres, Jesús se mueve libremente y aprende a caminar con todos los demás”. (n.29).

La conclusión de esta primera parte es como la juventud de Jesús nos ilumina:

“Estos aspectos de la vida de Jesús pueden resultar inspiradores para todo joven que crece y se prepara para realizar su misión. Esto implica madurar en la relación con el Padre, en la conciencia de ser uno más de la familia y del pueblo, y en la apertura a ser colmado por el Espíritu y conducido a realizar la misión que Dios encomienda, la propia vocación. Nada de esto debería ser ignorado en la pastoral juvenil, para no crear proyectos que aíslen a los jóvenes de la familia y del mundo, o que los conviertan en una minoría selecta y preservada de todo contagio. Necesitamos más bien proyectos que los fortalezcan, los acompañen y los lancen al encuentro con los demás, al servicio generoso, a la misión”. (n.30).

El Papa presenta las siguientes características humanas y espirituales del perfil de Jesús:

 “Jesús tenía una confianza incondicional en el Padre, cuidó la amistad con sus discípulos, e incluso en los momentos críticos permaneció fiel a ellos. Manifestó una profunda compasión por los más débiles, especialmente los pobres, los enfermos, los pecadores y los excluidos. Tuvo la valentía de enfrentarse a las autoridades religiosas y políticas de su tiempo; vivió la experiencia de sentirse incomprendido y descartado; sintió miedo del sufrimiento y conoció la fragilidad de la pasión; dirigió su mirada al futuro abandonándose en las manos seguras del Padre y a la fuerza del Espíritu. En Jesús todos los jóvenes pueden reconocerse». (n.31).

La Iglesia y cada uno de nosotros es joven cuando somos fieles a nuestra identidad y misión, cuando se busca y se recibe la fuerza siempre nueva de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, de la presencia de Cristo y de la fuerza de su Espíritu cada día. Es joven cuando se es capaz de volver una y otra vez a su fuente del amor primero. (Cfr. 35).

Aquí un gran desafío para las parejas y las familias: 

Es cierto que los miembros de la Iglesia no tenemos que ser “bichos raros”. Todos tienen que sentirnos hermanos y cercanos, como los Apóstoles, que «gozaban de la simpatía de todo el pueblo» (Hch 2,47; cf. 4,21.33; 5,13). Pero al mismo tiempo tenemos que atrevernos a ser distintos, a mostrar otros sueños que este mundo no ofrece, a testimoniar la belleza de la generosidad, del servicio, de la pureza, de la fortaleza, del perdón, de la fidelidad a la propia vocación, de la oración, de la lucha por la justicia y el bien común, del amor a los pobres, de la amistad social. (36).

Qué bueno que podamos compartir en pareja y familia y en las koinonias este precioso documento fruto de todo un caminar de la Iglesia en todo el mundo, dedicado especialmente a los jóvenes, pero que es de gran interés para todos.

Los recuerdo en mi oración y lo confío a los corazones amantes de Jesús y de María,

P. Raúl Téllez V. CJM

Director Pastoral Familiar Minuto de Dios
rtellezv@hotmail.com

El Génesis y la Acción Creadora de Dios

 

Las primeras palabras que conocemos de Dios en la Biblia son: “Haya luz” (Gn 1,3).  Las Sagradas Escrituras son Palabras de Dios y nos revelan los múltiples modos con los cuales Dios habla e intenta el diálogo con nosotros y con todas sus creaturas.

En el capítulo primero del Génesis, que describe con un refinado lenguaje simbólico el crear de Dios, 10 veces repite la expresión:  “Dijo Dios”.  El número de las recurrencias no es casual, sino que responde a una precisa intención narrativa y teológica.  Diez palabras pronuncia Dios creando:  un decálogo.  Como hay un decálogo de la alianza, narrado en la tradición del Exodo (20,1-17).  

Existe el decálogo de la creación.  Con diez palabras Dios crea a su pueblo de un caos de tribus dispersas; también con diez palabras crea todo lo que existe colocando en orden aquél caos con el cual la Biblia se abre: “La tierra era algo caótico y vacío, y tinieblas cubrían las superficies del abismo” (Gn 1,1b).   Detrás de este modo de narrar, aparece una sabia reflexión teológica, una manera de conocer el rostro de Dios que nos ayuda a comprender su modo de obrar:  

Para Dios crear significa hacer alianza, por tanto, entrar en relación, no sólo con su pueblo, Israel, sino con todas sus creaturas. Si Israel es llamado a una relación particular y privilegiada, lo será para que se convierta en signo e instrumento de esta alianza universal querida por Dios.

Otro verbo significativo que nos señala el relato de la creación es:  “separar”.  Dios crea separando la luz de las tinieblas, las aguas que están debajo del firmamento de las aguas que están encima del firmamento; la tierra seca del mar; el día de la noche… hasta llegar a la última separación:  el hombre de la mujer.  Dios crea separando, suscitando esto es una alteridad, porque para él  crear no significa simplemente hacer existir las cosas, sino colocarlas en relación entre ellas.  Crear significa suscitar el diálogo, hacer posible el encuentro y la comunión.  Y no hay comunión posible sino sobre el terreno de la diferencia y la alteridad (el otro).

El problema, como nos recuerda las dramáticas páginas que seguirán (Gn 3)  sobre la aparición del  pecado, es que el hombre y la mujer no habrán sabido vivir con altura esta alteridad.  Más que acogerla como espacio de diálogo y de encuentro, la transformará en un lugar de sospecha, de celos, envidia, competición.  Todos estos sentimientos, señalan la incapacidad de vivir en paz y paciencia las dinámicas propias de la diferencia.  Aparece el pecado que desfigura la belleza de la creación.  “Dijo el hombre: la mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí” (3,12). Antes había exclamado de gozo ante la aparición de la mujer: “Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gn 2, 23).

Dios entonces, después de las 10 palabras de la creación, deberá decir otra palabra:  la última, la definitiva, como recuerda el inicio de la Carta a los Hebreos (1,1-2).  Esta palabra redentora que es el Hijo mismo venido en nuestra carne, para devolver a nuestra carne, así como a toda otra realidad creada, su belleza, luminosidad y transparencia gracias a aquella palabra creadora que todo sea en la luz.  En el Hijo, nacido de María, Dios vuelve a repetir: “Haya  luz”, rescatando toda realidad, en especial modo, nuestra humanidad, de la tiniebla del mal, del sufrimiento, del pecado.

Como nos narran los evangelios esta Palabra, convertida en carne, puede ser tocada, para recibir sanación y salvación.  Nuestra realidad creatural es así liberada y restituida a aquella belleza inicial querida por Dios en el gesto gratuito de la creación.  También tocar es un gesto de relación.  Se toca a Jesús, se entra en relación con Él, para que todas nuestras relaciones sean curadas, transformadas y salvadas.  Basta el “borde de su manto”, dice el evangelista (Mc 6, 56).  En la relación con esta persona, que es Jesús, toda la creación llega a su plenitud, recupera su belleza inicial.  Lo afirma el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica postsinodal, La Alegría del Amor:

“Nuestra enseñanza sobre el matrimonio y la familia no puede dejar de inspirarse y de transfigurarse a través de este anuncio de amor y de ternura, para no convertirse en una mera defensa de una doctrina fría y sin vida.  Porque tampoco el misterio de la familia cristiana puede entenderse plenamente si no es a la luz del infinito amor del Padre, que se manifestó en Cristo, que se entregó hasta el fin y vive entre nosotros.  Por eso, quiero contemplar a Cristo vivo presente en tantas historias de amor, e invocar el fuego del Espíritu sobre todas las familias del mundo” (AL n. 59). 

Le pido al Señor que nos conceda en este 2019 a todas las personas, parejas y familias de la Pastoral Familiar del Minuto de Dios, de la Comunidad Matrimonial Alegría, con todas sus koinonias y ministerios, vivir esa experiencia personal de encuentro vivo y seguimiento de la persona de Jesucristo:  “Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo” (2ª Cor 5,17). En la comunión profunda con Él y entre nosotros lograremos ser esas personas, parejas y familias que Dios quiere según su gran designio de amor y de salvación para todos.

Los recuerdo a todos en mi oración y los confío a los corazones amantes de Jesús y de María,

P. Raúl Téllez V. CJM

Director Pastoral Familiar Minuto de Dios
rtellezv@hotmail.com

Homenaje Póstumo a Julian, Hijo menor de nuestros queridos servidores Jhon Israel y Andrea, fallecido en un absurdo accidente en su colegio

 

(Con autorización expresa de Valentina y de sus padres, queremos compartir este precioso tesoro de sentimientos que hablan de la grandeza de las personas y de las relaciones que se establecen ya en la infancia, a sus once años.  Carta que fue leída valientemente en público en el momento de la sepultura por la autora y al final por todos sus compañeros. Qué bella lección de humanidad).

“Para mi gran amigo JULIAN GONZALEZ GUACANEME. 

Hoy me nace de mi corazón contarles que el día de ayer recibí de parte de los padres de Julián, una carta que él en vida me escribió; para mí ha sido una enorme felicidad saber que nuestra amistad era muy importante para él; y por eso no quiero que partas de aquí sin que escuches, no sólo lo que eres para mí sino lo que eres para todos nosotros tus compañeros y amigos de clase.

Julián cada persona  ocupa un espacio especial en nuestras vidas, pero tú ocupaste el mejor lugar, por eso hoy nos consideramos niños muy afortunados de conocerte, de saber que podíamos contar contigo, con tus ocurrencias, con tu bella sonrisa, tus hermosas palabras, con esa manera tan linda que tenías de ser, siempre viviste tan preocupado de todos nosotros, de nuestro bienestar, nos enseñaste a reconocer nuestros errores,  a dar, a compartirlo todo.  ¿Cómo siendo tan pequeño podías saber tantas cosas?

Los adultos siempre dicen que todos nacemos con una misión y siempre creemos que las misiones son hacer cosas muy importantes en la vida, pero en estos días yo he entendido que la misión de las personas es aprender a saludar, a ayudar, a hacer responsable, cordial, amable, respetuoso, cariñoso; y cuando hemos cumplido la misión, Dios bajará a la tierra, nos tomará de la mano y nos llevará.  Julián tú ya habías aprendido todo eso y te lo voy a decir por qué:

Tú eras uno de los niños más responsables del salón, siempre hacías tus tareas, trabajos, y estudiabas mucho para las evaluaciones, eras muy obediente y no te gustaba que ninguno de nosotros no le hiciéramos caso a los profesores, eras muy conciliador, no permitías que disgustáramos, siempre estabas preocupado por todos, eras el niño más caballeroso del salón, hablabas muy bien, eso indicaba que eras muy inteligente.  Tú aprendiste en corto tiempo lo que otros niños aprendemos en mucho; por eso hoy entiendo tu partida e invito a todos mis compañeros (de quinto de primaria) a que pasen al frente y entre todos hagamos una promesa:  

Julián te prometemos que tu silla nunca estará vacía en nuestro salón, para nosotros siempre seguirás ahí porque desde el cielo nos estarás mirando, acompañando y enseñando; te recodaremos como el niño alegre, cariñoso, caballeroso y respetuoso que eras; y los niños buenos siempre se recuerdan con una hermosa sonrisa en el rostro, hoy vamos a sonreír para ti, porque tú decías que una sonrisa lo podía todo, hoy vamos a demostrarte lo mucho que lo queremos, hoy vamos a hacer un pacto contigo.  Nuestro pacto será que todos los días seremos mejores niños, excelentes estudiantes, obedientes con nuestros padres, no pelearemos, cumpliremos con todos nuestros deberes en la casa y en el colegio, esa será la mejor forma de decirte gracias por todo lo que nos enseñaste y por eso pido un fuerte aplauso para él.  

Finalmente quiero contestar tu carta y quiero decirte que yo también te quiero mucho, que tengo muchos recuerdos bonitos de ti, que nuestra amistad también era y seguirá siendo muy importante para mí.  Gracias por haber sido mi amigo.  

Señor John González, señora Andrea Guacaneme y Cristian, si necesitan algo aquí estaremos, por favor no duden en contar con nosotros los amigos de Julián para lo que sea. 

Julián a todos los que te conocimos y disfrutamos de tu grata compañía, nos harás mucha falta.

Muchas gracias,

Valentina”.  

 

Aprovecho para saludar a estos queridos Papás que han vivido esta dura prueba.  Lo hemos acompañado con nuestra oración y afecto   humano y espiritual, con nuestra koinonía “Vida Nueva” en la que él hacía parte con gran entusiasmo y el Ministerio de Correspondencia. Pedimos al Señor los siga fortaleciendo con la fortaleza que recibimos por nuestra fe en Jesucristo Resucitado.   

Para todas las parejas y personas servidoras de la “Comunidad Matrimonial Alegría”, las parejas y familias que participan en las Asambleas de los Viernes y todas las parejas que han hecho sus Encuentros de Renovación Matrimonial, Encuentros de Renovación para Novios, Seminarios de Vida en el Espíritu para parejas y Cursos de Reconocimiento Natural de la Fertilidad y amigos de Casa Alegría una Feliz Navidad 2018 y un bendecido año 2019 para todos.

Lo recuerdo en mi oración con cariño sacerdotal y los entrego a todos a los Corazones amantes de Jesús y de María.

P. Raúl Téllez V. CJM

Director Pastoral Familiar Minuto de Dios
rtellezv@hotmail.com

 

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VI FIESTA DEL PERDON Y LA RECONCILIACIÓN. En nombre de Cristo les suplicamos: ¡reconcíliense con Dios! (2ª Co 5, 20b)

 

La experiencia nos enseña que el amor humano de la pareja se ve afectado por múltiples ofensas como las infidelidades, el maltrato y agresividad en los hechos o las palabras, las adicciones, la indiferencia, las discusiones por los distintos puntos de vista, la rutina, las susceptibilidades, etc. Todo esto hiere el bien común de la alianza conyugal y el derecho a vivir en paz en la familia. En el caso de la pareja/familia es evidente que las ofensas que hieren más hondamente son las que afectan las relaciones interpersonales y crean un ambiente de desconfianza mutua y resentimientos.

En esta VI Fiesta del Perdón y la Reconciliación partimos de un gran convencimiento personal: si algo importante debemos aportar los cristianos a este mundo roto y dividido, violento, injusto y con frecuencia cruel, sobre todo con los más débiles, es precisamente la reconciliación, el perdón, la paz. Estas son expresiones frecuentes, que indican actitudes y acontecimientos positivos y gratificantes que todos esperamos a nivel familiar, social, nacional e internacional.

Tratar del perdón y la reconciliación s referirse a una hermosa tarea, cargada de responsabilidad y deseos de bien y de paz, con los que siempre nos encontramos en deuda. Si miramos nuestra historia personal y familiar existen muchas situaciones personales de perdón dado o de perdón recibido. Bien lo afirma el Papa Francisco:

La historia de una familia está surcada por crisis de todo tipo, que también son parte de su dramática belleza. Hay que ayudar a descubrir que una crisis superada no lleva a una relación con menor intensidad sino a mejorar, asentar y madurar el vino de la unión. No se convive para ser cada vez menos felices, sino para aprender a ser felices de un modo nuevo, a partir de las posibilidades que abre una nueva etapa. Cada crisis implica un aprendizaje que permite incrementar la intensidad de la vida compartida, o al menos encontrar un nuevo sentido a la experiencia matrimonial. (n.232).

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Santos en Pareja, en Familia y en Comunidad (2ª. Parte)

Santos en Pareja, en Familia y en Comunidad (2ª. Parte)

Lectura en clave de pareja y familia de la Exhortación Apostólica GAUDETE ET EXSULTATE – ALEGRAOS Y REGOCIJAOS (Mt 5,12): “Sobre la llamada a la santidad en el mundo actual” del Papa Francisco.

TU MISIÓN ES CRISTO

En el N. 19 el Papa Francisco hace una afirmación con grandes implicaciones para todas las parejas y la familias: Para un cristiano la propia misión que desarrolla en la tierra es un camino de santidad, y nos propone una base bíblica: “esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación” (1 Ts 4,3). Cada persona y cada santo es una misión, es decir, un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado, de la historia, un aspecto del Evangelio.

La santidad tiene su sentido pleno en Cristo y se entiende desde él:

“En el fondo la santidad es vivir en unión con él los misterios de su vida. Consiste en asociarse a la muerte y a la resurrección del Señor de una manera única y personal, en morir y resucitar constantemente con él. Pero también puede implicar reproducir en la propia existencia distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su vida oculta, su vida comunitaria, su cercanía a los últimos, su pobreza y otras manifestaciones de su entrega por amor”. (n.20).

Luego nos recuerda los numerales 516 al 518 de Catecismo de la Iglesia Católica donde se afirma que todo en la vida de Cristo es un misterio de Revelación del Padre, de Redención, de Recapitulación. “Todo lo que Cristo vivió hace que podamos vivirlo en él y que él lo viva en nosotros”. En ese sentido podríamos pensar en el camino que cada uno está haciendo en su familia desde su ser esposo-a, padre-Madre, hijo-a, hermano-a: ¿Estamos mostrando el rostro de Jesús, la misericordia y la bondad del Padre?

Hay una categoría especial que podríamos meditar con frecuencia en las familias: EL DESIGNIO DEL PADRE ES CRISTO, Y NOSOTROS EN ÉL. En el n. 21 explica de qué se trata: “CRISTO AMANDO EN NOSOTROS”, porque “la santidad no es sino la caridad plenamente vivida” (Papa Benedicto XVI). Y nos regala una conclusión práctica:

“Por lo tanto, «la santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya»[25]. Así, cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo”.

Cómo sería importante que nos tomáramos en serio esto: “Cada vida es un mensaje para los demás”. ¿Qué implicaciones tendría para cada miembro de la familia?

Pensemos en los santos ya reconocidos por la Iglesia. No conviene fijarnos en detalles aislados de su vida. Estos santos vivieron sus propias fragilidades y limitaciones, no siempre fueron fieles al Evangelio. Pero nos da una clave que nos sirve para ampliar nuestra mirada también sobre el juicio hacia ellos y hacia nosotros mismos:

“Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona” (n. 22).

Según el Papa Francisco, lo anterior es un fuerte llamado de atención para cada uno de nosotros: “TU TAMBIÉN NECESITAS CONCEBIR LA TOTALIDAD DE TU VIDA COMO UNA MISIÓN”. Y nos sugiere unas claves para llevarlas a la práctica:

Inténtalo escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él te da. Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy. (n. 23).

Es una SANTIDAD REALISTA: La tarea es reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir a tu familia y al mundo con tu vida. El Señor la cumplirá con tus errores y malos momentos, pero hay dos condiciones para esto: 1. NO ABANDONES EL CAMINO DEL AMOR y 2. ESTAR SIEMPRE ABIERTO A SU ACCIÓN SOBRENATURAL QUE PURIFICA E ILUMINA. Con razón en la parte central nos exhorta con fuerza el Papa Francisco:

“Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu, para que eso sea posible, y así tu preciosa misión no se malogrará”. (n. 24).

LA ACTIVIDAD QUE SANTIFICA

En los ns. 25 al 30 la encíclica retoma un DILEMA de la vivencia de la espiritualidad en todos los tiempos: nos dice que “no es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio”. Nos propone unas claves que creo se entienden mejor en el contexto de una familia normal:

Todo puede ser aceptado e integrado como parte de la propia existencia en este mundo, y se incorpora en el camino de santificación. Somos llamados a vivir la contemplación también en medio de la acción, y nos santificamos en el ejercicio responsable y generoso de la propia misión. (n. 26).

Nos da el ejemplo de Cristo que no podemos comprenderlo sin su compromiso con el Reino que el vino a traer y la Misión de cada uno es inseparable con la construcción del Reino. Nos ofrece una base bíblica y nos invita a un proceso de “identificación con Cristo”, muy semejante a la propuesta de San Juan Eudes:

«Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia» (Mt 6,33). “Tu identificación con Cristo y sus deseos, implica el empeño por construir, con él, ese reino de amor, justicia y paz para todos. Cristo mismo quiere vivirlo contigo, en todos los esfuerzos o renuncias que implique, y también en las alegrías y en la fecundidad que te ofrezca. Por lo tanto, no te santificarás sin entregarte en cuerpo y alma para dar lo mejor de ti en ese empeño”. (n. 25).

Más adelante, el Papa coloca una pregunta muy oportuna:

¿Acaso el Espíritu Santo puede lanzarnos a cumplir una misión y al mismo tiempo pedirnos que escapemos de ella, o que evitemos entregarnos totalmente para preservar la paz interior? (n.27).

Yo creo que ya están pasando esos tiempos de querer justificar el no compromiso familiar o con el mundo como si fueran distracciones en el camino de la santificación y de la paz interior. Y nos recuerda unas palabras del filósofo Español Xavier Zubiri: “NO ES QUE LA VIDA TENGA UNA MISIÓN, SINO QUE ES UNA MISIÓN”. (N. 27).

Pero nos pone en guardia con ese ACTIVISMO NERVIOSO que muchos viven en la sociedad actual por el afán de aparecer y de dominar o por el orgullo. Esto no es santificador. Nos propone un camino:

“El desafío es vivir la propia entrega de tal manera que los esfuerzos tengan un sentido evangélico y nos identifiquen más y más con Jesucristo. De ahí que suela hablarse, por ejemplo, de una espiritualidad del catequista, de una espiritualidad del clero diocesano, de una espiritualidad del trabajo. Por la misma razón, en Evangelii gaudium quise concluir con una espiritualidad de la misión, en Laudato si’ con una espiritualidad ecológica y en Amoris laetitia con una espiritualidad de la vida familiar. (n. 28).

El Papa no invita a no despreciar los momentos de quietud, soledad y silencio ante Dios en una sociedad de consumo, con novedosos recursos tecnológicos, el atractivo de los viajes donde todo se llena de palabras, de disfrutes epidérmicos y de ruidos con una velocidad siempre mayor. Allí no reina la alegría sino la insatisfacción de quien no sabe PARA QUÉ SE VIVE:

¿Cómo no reconocer entonces que necesitamos detener esa carrera frenética para recuperar un espacio personal, a veces doloroso pero siempre fecundo, donde se entabla el diálogo sincero con Dios? En algún momento tendremos que percibir de frente la propia verdad, para dejarla invadir por el Señor, y no siempre se logra esto si uno «no se ve al borde del abismo de la tentación más agobiante, si no siente el vértigo del precipicio del más desesperado abandono, si no se encuentra absolutamente solo, en la cima de la soledad más radical»[28] (C. M. Martini). Así encontramos las grandes motivaciones que nos impulsan a vivir a fondo las propias tareas. (n.29).

LOS DISPOSITIVOS actuales invaden la vida actual de la familia y nos brindan entretenimiento o placeres efímeros. Eso resiente la propia misión, el compromiso se debilita, lo mismo que el servicio generoso y la disponibilidad. Como nos estamos dejando afectar a nivel individual y familiar. Esto no es sano, nos puede llevar a la ACEDIA (tristeza-desaliento, inactividad) en la acción evangelizadora o a desnaturalizar las relaciones humanas y la experiencia espiritual. Y nos propone un valioso recurso:

“Nos hace falta un espíritu de santidad que impregne tanto la soledad como el servicio, tanto la intimidad como la tarea evangelizadora, de manera que cada instante sea expresión de amor entregado bajo la mirada del Señor. De este modo, todos los momentos serán escalones en nuestro camino de santificación”. (n. 31).

Los ns. 32-34 se titulan bellamente: MÁS VIVOS, MÁS HUMANOS. No hay que tenerle miedo a la santidad. Eso no nos quita fuerzas, vida o alegría:

“Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser. Depender de él nos libera de las esclavitudes y nos lleva a reconocer nuestra propia dignidad. Esto se refleja en santa Josefina Bakhita, quien fue «secuestrada y vendida como esclava a la tierna edad de siete años, sufrió mucho en manos de amos crueles. Pero llegó a comprender la profunda verdad de que Dios, y no el hombre, es el verdadero Señor de todo ser humano, de toda vida humana. Esta experiencia se transformó en una fuente de gran sabiduría para esta humilde hija de África»

Hay un llamado, en el espíritu de la nueva evangelización a través del EMPODERAMIENTO DE TODOS LOS BAUTIZADOS, para asumir los roles como “sal de la tierra y luz del mundo”. Y finaliza el capítulo primero exhortando a no tener miedo para emprender este camino de santidad, especialmente en pareja y en familia:

“No tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia. En el fondo, como decía León Bloy, en la vida «existe una sola tristeza, la de no ser santos» (n.34)”.

Los confío a todos ustedes a los corazones amantes de Jesús y de María.

P. Raúl Téllez V. CJM

Director Pastoral Familiar Minuto de Dios
rtellezv@hotmail.com

Santos en Pareja, en Familia y en Comunidad (1ª. Parte)

 

Santos en Pareja, en Familia y en Comunidad (1ª. Parte)

GAUDETE ET EXSULTATE – ALEGRAOS Y REGOCIJAOS (Mt 5,12): “Sobre la llamada a la santidad en el mundo actual” del Papa Francisco.

Hay un hecho eclesial de gran importancia para todos, que no quisiera pasar desapercibido para la Pastoral Familiar y la Comunidad Matrimonial Alegría: es el gran regalo la tercera Exhortación Apostólica del Papa Francisco, presentada el pasado 9 de abril, denominada Gaudete et Exsultate, y que lleva como subtítulo: “Sobre el llamado a la santidad en el mundo actual”. 

La exhortación no pretende ser un tratado sobre la santidad. Su humilde objetivo en los cinco capítulos y sus 42 páginas en su versión en español, es “hacer resonar una vez más el llamado a la santidad en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades”.

El Papa Francisco inicia con una fuerte invitación: “Dios nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada”. (n.1).

Lo primero que se nos ocurre al pensar en tema de la santidad es referirnos solo a las personas ya beatificadas o canonizadas. El Papa aclara que “el Espíritu Santo derrama santidad por todas partes”. El modo de actuar de Dios en la historia de la salvación es salvar a todo un pueblo.  “nadie se salva solo, como individuo asilado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo” (n. 6).

Al Papa le gusta ver la santidad hecha realidad en el pueblo de Dios paciente y los expresa bellamente:  “a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan por llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo” (n. 7).  Se refiere a la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son reflejo de la presencia de Dios y los ubica como: “la clase media de la santidad”.

De una manera equivocada hemos creído que la santidad es solo para sacerdotes, obispos, religiosas o religiosos porque tienen tanto tiempo para la oración. El Papa nos da una clave de santidad:  “Todos estamos llamado a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra.. ¿Estás casado?  Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia en tu trabajo al servicio de los hermanos.  ¿Eres padre, abuela o abuelo?  Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales. (n.14).

El origen de la santidad es la gracia del sacramento del Bautismo con el cual hemos iniciado un camino de santidad que nos lleva a que “todo este abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez.  No te desalientes porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida (cf. Ga 5,22-23)”.  Puede venir la tentación de enredarnos con nuestra debilidad humana.  ¿Qué hacer?  El Papa nos da la sugerencia de levantar los ojos al Crucificado y decirle: “Señor, soy un pobrecillo, pero tú puedes realizar el milagro de hacerme un poco mejor”.  Nos recuerda que en la Iglesia, santa y compuesta de pecadores, encontramos todo lo que necesitamos para crecer en la santidad: “dones con la Palabra, los sacramentos, los santuarios, la vida de las comunidades, el testimonio de su santos, y una múltiple belleza que procede del amor de Señor, como ‘novia que se adorna con sus joyas’. (Is 61, 10). 

EL Papa Francisco nos propone una santidad vivida en pequeños gestos (n. 16):  

-Una señora va al mercado a hacer compras, encuentra una vecina y comienza a hablar, y vienen las críticas. Pero esta mujer dice en su interior: “No, no hablaré mal de nadie”. Este es un paso en la santidad.  

-Luego, en su casa, su hijo le pide conversar acerca de sus fantasías, y aunque esté cansada se sienta su lado y escucha con paciencia y afecto. Esta es una ofrenda que santifica.

-Luego, vive un momento de angustia, pero recuerda el amor de la Virgen María, toma el rosario y reza con fe.  Este es otro camino de santidad.

-Luego va por la calle, encuentra a un pobre y se detiene a conversar con él con cariño. Ese es otro paso.     

  Existen desafíos mayores en la vida de las personas que nos exigen nuevas conversiones de vida, pero también a veces lo que necesitamos es una inspiración para hacer de manera más perfecta lo que ya hacemos.  Nos propone en testimonio del Cardenal Francisco Javier Nguyén van Thuan que estuvo en la cárcel en un país comunista por más de 10 años.  En lugar de desgastarse pensado cuándo lo liberarían, su opción fue. “Aprovecho las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria” (n.17).

La conclusión de esta primera parte es ir construyendo esa figura de la santidad que Dios quiere no como seres autosuficientes sino “como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios”. (1 Pe 4,10).  Nos propone una declaración de los obispos de Nueva Zelanda que afirman que es posible amar con el amor incondicional del Señor, porque el Resucitado comparte su vida poderosa con nuestras frágiles vidas:

“Su amor no tiene límites y una vez dado nunca se echó atrás.  Fue incondicional y permaneció fiel.  Amar así no es fácil porque muchas veces somos tan débiles. Pero precisamente para tratar de amar como Cristo nos amó, Cristo comparte su propia vida resucitada con nosotros.  De esta manera, nuestras vidas demuestran su poder en acción, incluso en medio de la debilidad humana” (n. 18).   

Qué bueno sería que pudiéramos leer y discernir en nuestras familias y pequeñas comunidades estas claves de un camino de santidad en el mundo actual. En este itinerario hacia el próximo Pentecostés, pidamos que el Espíritu Santo infunda en nosotros ese intenso anhelo de ser santos para la mayor gloria de Dios y animémonos unos a otros en este intento. “Así compartiremos una felicidad que el mundo no nos podrá quitar” (GE n. 177).

Los confío a todos ustedes a los corazones amantes de Jesús y de María.

P. Raúl Téllez V. CJM

Director Pastoral Familiar Minuto de Dios
rtellezv@hotmail.com

Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2018

Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2018

Publicamos a continuación el texto del Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2018 cuyo tema es : «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12). Ojalá lo podamos leer y comentar en pareja y familia, en la koinonías de nuestra querida Comunidad Matrimonial “Alegría”.

(Lo subrayado, las enumeraciones y los paréntesis son ayudas pedagógicas que no son del mensaje original).

Mensaje del Santo Padre

«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12)

Queridos hermanos y hermanas:

Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión»,[1] que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida.

Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12).

Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.

Continue reading “Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2018”

EL AMOR EN EL MATRIMONIO (Según el Papa Francisco)

 

En este editorial quisiera compartir el texto de la primera parte del capítulo cuarto de la Exhortación Apostólica Postsinodal “La alegría del Amor” del Papa Francisco. Los invito a continuar en el conocimiento de este documento del Sínodo de la Familia que, es fruto de dos años de reflexión de toda la Iglesia Universal. Ojalá lo leamos personalmente, en pareja y familia y lo compartamos en nuestras koinonías frutos de los Encuentros de Renovación Matrimonial. (Lo subrayado es una ayuda para la lectura).

89. “Todo lo dicho no basta para manifestar el evangelio del matrimonio y de la familia si no nos detenemos especialmente a hablar de amor. Porque no podremos alentar un camino de fidelidad y de entrega recíproca si no estimulamos el crecimiento, la consolidación y la profundización del amor conyugal y familiar. En efecto, la gracia del sacramento del matrimonio está destinada ante todo «a perfeccionar el amor de los cónyuges»[104]. También aquí se aplica que, «podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve» (1 Co 13,2-3). Pero la palabra «amor», una de las más utilizadas, aparece muchas veces desfigurada[105].

Nuestro amor cotidiano

90. En el así llamado himno de la caridad escrito por san Pablo, vemos algunas características del amor verdadero:

«El amor es paciente,es servicial;

el amor no tiene envidia,

no hace alarde,

no es arrogante,

no obra con dureza,

no busca su propio interés,

no se irrita,

no lleva cuentas del mal,

no se alegra de la injusticia,

sino que goza con la verdad.

Todo lo disculpa,

todo lo cree,

todo lo espera,

todo lo soporta» (1 Co 13,4-7).

Esto se vive y se cultiva en medio de la vida que comparten todos los días los esposos, entre sí y con sus hijos. Por eso es valioso detenerse a precisar el sentido de las expresiones de este texto, para intentar una aplicación a la existencia concreta de cada familia.

Paciencia

91. La primera expresión utilizada es makrothymei. La traducción no es simplemente que «todo lo soporta», porque esa idea está expresada al final del v. 7. El sentido se toma de la traducción griega del Antiguo Testamento, donde dice que Dios es «lento a la ira» (Ex 34,6; Nm 14,18). Se muestra cuando la persona no se deja llevar por los impulsos y evita agredir. Es una cualidad del Dios de la Alianza que convoca a su imitación también dentro de la vida familiar. Los textos en los que Pablo usa este término se deben leer con el trasfondo del Libro de la Sabiduría (cf. 11,23; 12,2.15-18); al mismo tiempo que se alaba la moderación de Dios para dar espacio al arrepentimiento, se insiste en su poder que se manifiesta cuando actúa con misericordia. La paciencia de Dios es ejercicio de la misericordia con el pecador y manifiesta el verdadero poder.

92. Tener paciencia no es dejar que nos maltraten continuamente, o tolerar agresiones físicas, o permitir que nos traten como objetos. El problema es cuando exigimos que las relaciones sean celestiales o que las personas sean perfectas, o cuando nos colocamos en el centro y esperamos que sólo se cumpla la propia voluntad. Entonces todo nos impacienta, todo nos lleva a reaccionar con agresividad. Si no cultivamos la paciencia, siempre tendremos excusas para responder con ira, y finalmente nos convertiremos en personas que no saben convivir, antisociales, incapaces de postergar los impulsos, y la familia se volverá un campo de batalla. Por eso, la Palabra de Dios nos exhorta: «Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad» (Ef 4,31). Esta paciencia se afianza cuando reconozco que el otro también tiene derecho a vivir en esta tierra junto a mí, así como es. No importa si es un estorbo para mí, si altera mis planes, si me molesta con su modo de ser o con sus ideas, si no es todo lo que yo esperaba. El amor tiene siempre un sentido de profunda compasión que lleva a aceptar al otro como parte de este mundo, también cuando actúa de un modo diferente a lo que yo desearía.

Actitud de servicio

93. Sigue la palabra jrestéuetai, que es única en toda la Biblia, derivada de jrestós (persona buena, que muestra su bondad en sus obras). Pero, por el lugar en que está, en estricto paralelismo con el verbo precedente, es un complemento suyo. Así, Pablo quiere aclarar que la «paciencia» nombrada en primer lugar no es una postura totalmente pasiva, sino que está acompañada por una actividad, por una reacción dinámica y creativa ante los demás. Indica que el amor beneficia y promueve a los demás. Por eso se traduce como «servicial».

94. En todo el texto se ve que Pablo quiere insistir en que el amor no es sólo un sentimiento, sino que se debe entender en el sentido que tiene el verbo «amar» en hebreo: es «hacer el bien». Como decía san Ignacio de Loyola, «el amor se debe poner más en las obras que en las palabras»[106]. Así puede mostrar toda su fecundidad, y nos permite experimentar la felicidad de dar, la nobleza y la grandeza de donarse sobreabundantemente, sin medir, sin reclamar pagos, por el solo gusto de dar y de servir.

Sanando la envidia

95. Luego se rechaza como contraria al amor una actitud expresada como zeloi (celos, envidia). Significa que en el amor no hay lugar para sentir malestar por el bien de otro (cf. Hch 7,9; 17,5). La envidia es una tristeza por el bien ajeno, que muestra que no nos interesa la felicidad de los demás, ya que estamos exclusivamente concentrados en el propio bienestar. Mientras el amor nos hace salir de nosotros mismos, la envidia nos lleva a centrarnos en el propio yo. El verdadero amor valora los logros ajenos, no los siente como una amenaza, y se libera del sabor amargo de la envidia. Acepta que cada uno tiene dones diferentes y distintos caminos en la vida. Entonces, procura descubrir su propio camino para ser feliz, dejando que los demás encuentren el suyo.

96. En definitiva, se trata de cumplir aquello que pedían los dos últimos mandamientos de la Ley de Dios: «No codiciarás los bienes de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él» (Ex20,17). El amor nos lleva a una sentida valoración de cada ser humano, reconociendo su derecho a la felicidad. Amo a esa persona, la miro con la mirada de Dios Padre, que nos regala todo «para que lo disfrutemos» (1 Tm 6,17), y entonces acepto en mi interior que pueda disfrutar de un buen momento. Esta misma raíz del amor, en todo caso, es lo que me lleva a rechazar la injusticia de que algunos tengan demasiado y otros no tengan nada, o lo que me mueve a buscar que también los descartables de la sociedad puedan vivir un poco de alegría. Pero eso no es envidia, sino deseos de equidad.

Sin hacer alarde ni agrandarse

97. Sigue el término perpereuotai, que indica la vanagloria, el ansia de mostrarse como superior para impresionar a otros con una actitud pedante y algo agresiva. Quien ama, no sólo evita hablar demasiado de sí mismo, sino que además, porque está centrado en los demás, sabe ubicarse en su lugar sin pretender ser el centro. La palabra siguiente —physioutai— es muy semejante, porque indica que el amor no es arrogante. Literalmente expresa que no se «agranda» ante los demás, e indica algo más sutil. No es sólo una obsesión por mostrar las propias cualidades, sino que además se pierde el sentido de la realidad. Se considera más grande de lo que es, porque se cree más «espiritual» o «sabio». Pablo usa este verbo otras veces, por ejemplo para decir que «la ciencia hincha, el amor en cambio edifica» (1 Co 8,1). Es decir, algunos se creen grandes porque saben más que los demás, y se dedican a exigirles y a controlarlos, cuando en realidad lo que nos hace grandes es el amor que comprende, cuida, protege al débil. En otro versículo también lo aplica para criticar a los que se «agrandan» (cf. 1 Co 4,18), pero en realidad tienen más palabrería que verdadero «poder» del Espíritu (cf. 1 Co 4,19).

98. Es importante que los cristianos vivan esto en su modo de tratar a los familiares poco formados en la fe, frágiles o menos firmes en sus convicciones. A veces ocurre lo contrario: los supuestamente más adelantados dentro de su familia, se vuelven arrogantes e insoportables. La actitud de humildad aparece aquí como algo que es parte del amor, porque para poder comprender, disculpar o servir a los demás de corazón, es indispensable sanar el orgullo y cultivar la humildad. Jesús recordaba a sus discípulos que en el mundo del poder cada uno trata de dominar a otro, y por eso les dice: «No ha de ser así entre vosotros» (Mt 20,26). La lógica del amor cristiano no es la de quien se siente más que otros y necesita hacerles sentir su poder, sino que «el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mt 20,27). En la vida familiar no puede reinar la lógica del dominio de unos sobre otros, o la competición para ver quién es más inteligente o poderoso, porque esa lógica acaba con el amor. También para la familia es este consejo: «Tened sentimientos de humildad unos con otros, porque Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes» (1 P 5,5).

Amabilidad

99. Amar también es volverse amable, y allí toma sentido la palabra asjemonéi. Quiere indicar que el amor no obra con rudeza, no actúa de modo descortés, no es duro en el trato. Sus modos, sus palabras, sus gestos, son agradables y no ásperos ni rígidos. Detesta hacer sufrir a los demás. La cortesía «es una escuela de sensibilidad y desinterés», que exige a la persona «cultivar su mente y sus sentidos, aprender a sentir, hablar y, en ciertos momentos, a callar»[107]. Ser amable no es un estilo que un cristiano puede elegir o rechazar. Como parte de las exigencias irrenunciables del amor, «todo ser humano está obligado a ser afable con los que lorodean»[108]. Cada día, «entrar en la vida del otro, incluso cuando forma parte de nuestra vida, pide la delicadeza de una actitud no invasora, que renueve la confianza y el respeto […] El amor, cuando es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón»[109].

100. Para disponerse a un verdadero encuentro con el otro, se requiere una mirada amable puesta en él. Esto no es posible cuando reina un pesimismo que destaca defectos y errores ajenos, quizás para compensar los propios complejos. Una mirada amable permite que no nos detengamos tanto en sus límites, y así podamos tolerarlo y unirnos en un proyecto común, aunque seamos diferentes. El amor amable genera vínculos, cultiva lazos, crea nuevas redes de integración, construye una trama social firme. Así se protege a sí mismo, ya que sin sentido de pertenencia no se puede sostener una entrega por los demás, cada uno termina buscando sólo su conveniencia y la convivencia se torna imposible. Una persona antisocial cree que los demás existen para satisfacer sus necesidades, y que cuando lo hacen sólo cumplen con su deber. Por lo tanto, no hay lugar para la amabilidad del amor y su lenguaje. El que ama es capaz de decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan. Veamos, por ejemplo, algunas palabras que decía Jesús a las personas: «¡Ánimo hijo!» (Mt 9,2). «¡Qué grande es tu fe!» (Mt 15,28). «¡Levántate!» (Mc 5,41). «Vete en paz» (Lc 7,50). «No tengáis miedo» (Mt 14,27). No son palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian. En la familia hay que aprender este lenguaje amable de Jesús”.

Lo recuerdo en mi oración con cariño sacerdotal y los entrego a todos a los Corazones amantes de Jesús y de María.

P. Raúl Téllez V. CJM

Director Pastoral Familiar Minuto de Dios
rtellezv@hotmail.com